domingo, 24 de noviembre de 2013

¿TIENES MIEDO A PERDER?

¿Alguna vez has tenido miedo a perder aquello que has conseguido a lo largo de tu vida? Seguro que desde pequeñito te han enseñado que el mundo está habitado por ganadores y perdedores y que a casi nadie le gusta formar parte del segundo grupo, donde te sientes invisible pero a su vez señalado por los demás, sin embargo, si me lo preguntas a mí te diré, que es cuando perdí casi todo en la vida, cuando comencé a encaminarme hacia el lugar donde se encontraban mis sueños. La educación que has recibido, influye mucho en tu vida y yo crecí en una familia muy pesimista y temerosa, en parte porque perdí a dos de mis hermanos cuando eran pequeños y mi madre siempre pensaba que vendrían más enfermedades a la familia y que se quedaría ella sola, sin hijos y sin marido, por esta razón casi siempre nos prohibía hacer cualquier cosa que deseáramos. En el polo opuesto tenía a mi mejor amigo de la infancia, Luis. Sus padres tenían una mentalidad muy abierta para la época y le dejaban ir a todos los campamentos de verano, le compraron una moto cuando era adolescente y le daban plena libertad para elegir su camino en la vida. Ambos éramos muy buenos jugando al baloncesto y formábamos parte del equipo del colegio. Los momentos compartidos en la cancha forjaron nuestra amistad y nos hicieron inseparables. Lo que más me llamó la atención fue su actitud ante la vida. Luis era muy optimista, siempre pensaba que íbamos a ganar y casi siempre ganábamos. Gracias a él tuve acceso a otro mundo y pude disfrutar de su forma positiva de ver la vida,  sin perder nunca la sonrisa. Cuando terminamos el instituto, yo fui a la universidad en nuestra ciudad y él se marchó a estudiar a Madrid, así que con el paso del tiempo nos escribíamos ocasionalmente, hasta que perdimos la pista el uno del otro.

Empecé a trabajar recién terminada la carrera y con el paso del tiempo me labré una reputación en mi profesión.  Eran años en los que si trabajabas duro, podías llegar a lo más alto desde el escalafón más bajo y no como sucede ahora, donde apenas se valora tu valía y esfuerzo. En el amor tampoco me fue mal. Me casé con una compañera  de la universidad, tuvimos 2 hijos y era razonablemente feliz, con mis veraneos en la playa y sin grandes problemas en la vida, aparte del típico suspenso en el colegio de alguno de mis hijos. Mi madre a veces se encontraba a la madre de Luis por la calle y  le comentaba lo bien que le iba a su hijo. Era un abogado reconocido en la profesión y trabajaba en un bufete de gran prestigio en Madrid. Se había casado, tenía una hija y era muy feliz. La verdad es que a veces echaba de menos nuestros partidos de baloncesto y compartir mis confidencias con él a pie de pista. Qué tiempos aquellos....

Cuando estaba a punto de cumplir 50 años comencé a sentir en mi rostro la velocidad del paso del tiempo, pensaba que se me escapaba lo mejor de la vida y empezó a recaer sobre mis hombros el antiguo pesimismo de mi madre, que siempre pensaba que algo malo nos estaba acechando a la vuelta de la esquina. Así, un día comenzó la crisis económica, a los pocos meses mi empresa hizo una reestructuración de plantilla y fui de los primeros en ser despedido. Mis temores empezaban a hacerse realidad. Pensé que en dos años encontraría empleo, pero ese tiempo pasó rápido y me vi sin prestación de desempleo y sin posibilidad de encontrar trabajo a corto plazo. Todo esto comenzó a desestabilizar mi relación con mi mujer, continuamente me echaba en cara el que no pudiera mantener a la familia, así que el distanciamiento se hizo cada vez mayor y terminamos separándonos. Ella se quedó en nuestra casa, con nuestros hijos y yo tuve que regresar a casa de mis padres. Mi padre había fallecido hacía tiempo y mi madre seguía igual de temerosa que siempre, encadenando problemas de salud y pérdida de ánimo, así que su compañía no era un gran estímulo para mí y temía que la depresión se convirtiera en mi compañera de viaje. Un día, cansado de todo, me fui a dar un paseo por las pistas deportivas donde solía jugar al baloncesto con Luis, en nuestra ya para siempre lejana infancia.

¿Y sabes qué? Me encontré allí a un hombre encestando el balón en la canasta y resultó ser Luis. Nuestra sorpresa fue mayúscula y nos fundimos en un abrazo interminable. Volvíamos a encontrarnos 33 años después, en el mismo lugar de nuestro último partido.  Y aunque el tiempo había pasado, me fue fácil reconocerle por su sonrisa. Seguía igual de alegre y optimista que siempre y comenzó a bromear conmigo, lanzándome el balón, como si fuera ayer el último día que habíamos jugado juntos al baloncesto. Nos sentamos en un banco a charlar y le conté mi situación. Esperaba que me hablara de su brillante trayectoria profesional y de su maravillosa familia, sin embargo, me sorprendió saber que su situación era muy similar a la mía. Había perdido su empleo en el bufete de abogados, su mujer le había dejado por otro  llevándose a su hija y había regresado a casa de sus padres. Nuestras vidas parecían converger en un mismo punto común, el de la pérdida de todo aquello que habíamos conseguido en la vida, sin embargo, parecíamos la noche y el día. Yo estaba al borde del llanto y la depresión y él parecía la persona más feliz del mundo.

Resulta difícil creer que una persona que lo está pasando mal pueda transmitir tanta felicidad y optimismo como él, así que le pregunté cuál era el secreto de su felicidad y entonces me dijo: "En la vida no puedes elegir el tipo de experiencias que quieres tener, pero sí la actitud con la que te enfrentas a ellas y eso lo determina todo. A veces te sucederán cosas positivas y otras negativas y no siempre podrás hacerte con el balón y dominar el partido, pero aún así debes tener confianza en ti mismo y estar preparado para saltar al terreno de juego.  No encontrarás mayor rival en la pista que tu propio miedo y si temes perder, te quedarás en el banquillo, como mero espectador del partido, en lugar de convertirte en jugador y disfrutar de la emoción que el juego te proporciona. Para un jugador de verdad, la derrota se convierte en aprendizaje y el aprendizaje es siempre positivo, porque te enseña a desarrollar habilidades como tener un buen manejo del balón, visión de juego, capacidad de dar buenos pases, buena velocidad y un acertado tiro exterior, lo  mismo sucede en la vida, cada experiencia te servirá para tu propio crecimiento y desarrollo personal y te acercará al lugar donde siempre has querido estar. Además necesitas controlar los tiempos y hacer cada jugada en su momento, sin anticiparte o precipitarte.  Cuando tenía una carrera profesional brillante, vivía de manera precipitada, sin prestar atención a lo que me rodeaba. Ahora que vuelvo a disfrutar de mi tiempo libre, he regresado a esta pista, dónde sólo hay una canasta, un balón y mis sueños y me he dado cuenta que necesito muy poco para ser feliz. Me siento lleno de salud y doy gracias a la vida por lo rico que soy, porque a pesar de haber perdido casi todo en la vida, todavía puedo disfrutar de la libertad de tomar el balón  en mis manos cuando lo desee y lanzarlo a la canasta, sin importar las veces que falle, porque sé que la perseverancia me llevará hasta la victoria final. Cualquiera que sea la circunstancia de tu vida no te rindas, ni te quedes fuera de juego o abandones el partido antes de tiempo y sigue intentándolo, hasta lograr el resultado que deseas". 

A partir de aquel día perdí el miedo y me lancé de nuevo a la pista de la vida. Es mejor jugar en equipo que hacerlo solo y así fue cómo Luis y yo volvimos a jugar juntos al baloncesto. La actitud de mi amigo ante la vida supuso una gran lección para mí y cambié mi manera de pensar, dejé de lamentarme por mi mala suerte y de temer por lo que aún no había sucedido y comencé a vivir en tiempo presente. Mi amigo Luis y yo no sólo retomamos nuestra antigua amistad, si no que además emprendimos varios proyectos juntos, el más importante de todos, el ser optimistas y disfrutar de la vida y  nuestra pasión por el baloncesto nos ha llevado a abrir un negocio de equipación deportiva profesional, es el único que hay en nuestra ciudad, así que nos va muy bien. Estoy muy ilusionado y la vida vuelve a sonreírme, porque he aprendido también a sonreír a la vida, pero sobre todo, he dejado de tener miedo y he regresado al terreno de juego, donde cada día recorro el camino que me lleva hasta la canasta en la que encesto el balón donde se encuentran mis sueños.
Así que, si alguna vez tienes miedo a perder algo importante en tu vida, despréndete del temor y lánzate con pasión al terreno de juego. A veces ganarás, otras perderás y otras cometerás falta personal, pero no debes ver la pérdida o los errores cometidos como algo negativo e irreparable, si no como ése empujón que necesitas para continuar intentándolo hasta alcanzar la victoria final. No aceptes un no, ni el fracaso por respuesta, ni pienses que todo está perdido o que no hay solución en tu vida y mira a tu alrededor.

Quizás el haber perdido hoy todo y el no ver salida, te lleve a las puertas de aquello que realmente te hace feliz y que hasta ahora desconocías, así que presta atención y aprovecha la oportunidad que nace de cada fracaso, para alcanzar aquello que realmente quieres en tu vida. Lo más importante no es tener el balón en tus manos  o hacer triple canasta, tampoco lo es ganar o perder, si no disfrutar de la experiencia que el juego te proporciona, en el partido más importante que vas a disputar: EL PARTIDO DE TU VIDA, DONDE SIEMPRE SERÁS EL PROTAGONISTA.