lunes, 4 de noviembre de 2013

LA LUZ QUE SE ENCIENDE Y SE APAGA

Hace unos días estaba leyendo un libro por la noche y la lámpara del salón, que tiene una bombilla halógena,  hizo el amago de apagarse y encenderse varias veces hasta que se fundió por completo, quedando el salón completamente a oscuras. Se da la circunstancia que había cambiado la bombilla hacía poco menos de un mes, por lo que no me parecía lógico que se fundiera en tan corto espacio de tiempo. En otras ocasiones en las que me ha sucedido esto, optaba por cambiar rápidamente la bombilla, pero esta vez decidí esperar. Así que dejé la lámpara conectada aun cuando sabía que la bombilla no funcionaba y decidí poner una pequeña lamparita en la mesa para proseguir con mi lectura. En realidad esta luz me resultaba escasa para leer y no veía demasiado bien, pero no me importó, decidí adaptarme a esta circunstancia y esperar. Cual no será mi sorpresa cuando al cabo de un par de horas, la lámpara del salón volvió a inundar con su luz toda la estancia y ya no he vuelto a tener problemas con ella, funciona perfectamente, sin haber tenido que cambiar la bombilla, que en realidad no estaba estropeada ni fundida. Sólo era cuestión de esperar.
 
Muchas veces en nuestra vida nos encontramos en periodos de oscuridad absoluta en los que nos da miedo caminar, porque desconocemos el terreno que estamos pisando, entonces nos aferramos a la primera luz que aparece en nuestro camino, aun cuando sabemos que no es el faro que necesitamos y que no nos va a llevar al lugar que deseamos, pero  preferimos conformarnos que arriesgarnos a perder la escasa luz que hemos conseguido sin hacer un gran esfuerzo. Así la mayoría de las veces nos acomodamos ante una vida en la que no somos plenamente felices, pero sabemos que nos manejamos bien en ella, pues las sombras que nos rodean nos resultan conocidas, y preferimos seguir ahí, medio a oscuras, que enfrentarnos a la incertidumbre que nos genera la oscuridad total.
 
¿Recuerdas cuando eras pequeño y te daba miedo la oscuridad? Llamabas a tu madre y ella se levantaba de la cama para encenderte una lucecita y darte un vaso de agua. Cuando somos mayores pensamos que hemos conquistado nuestro temor a la oscuridad, pero nos equivocamos, en realidad seguimos teniendo el mismo miedo que cuando éramos pequeños e intentamos evitarla por todos los medios. Debes saber que a casi nadie le gusta la oscuridad pero, es en ella, donde puedes aprender las lecciones más importantes de tu vida y si huyes de la oscuridad, estás huyendo en realidad de ti mismo.
 
Si te fijas bien, ninguna persona relevante a lo largo de la historia ha pasado sólo por períodos de luz y brillo, también y en la mayoría de los casos, ha pasado por largas etapas de sombra y oscuridad, en las que dudaba de sí mismo y de sus capacidades y en donde no veía la luz al final del túnel, pero es en esa oscuridad dónde  pueden surgirte las mayores posibilidades de éxito y de crecimiento personal porque aprendes a conocerte a ti mismo y a potenciar cualidades que siempre han existido en ti pero que hasta ahora, parecían dormidas y tú mismo desconocías que poseías.
 
Es en la oscuridad cuando dejas de prestar atención a aquello que no trasciende en el universo y comienzas a percibir aquello que realmente importa. Aparecen ante ti nuevas realidades que hasta ahora parecían invisibles a tus ojos y un nuevo sol comienza a iluminar tu vida.  
 
El día no sería nada sin la noche y la luz no existiría si no tuviera como compañera de juego a la oscuridad, así que abre tu corazón, hazte amigo de la noche y aprende a bailar en la oscuridad. Sólo cuando comprendas y hables el lenguaje que la oscuridad te susurra, aparecerá en tu vida la luz que necesitas para alcanzar el  camino que conduce a tus sueños.