viernes, 15 de noviembre de 2013

EL CLUB DE LOS AMIGOS MUERTOS

Esta tarde
he regresado de nuevo
a mi antiguo rincón
del emblemático Café Viena.
Mi mesa me
aguardaba silenciosa,
y mi confortable sillón,
ése que mira al espectador
y lleva mi nombre grabado
con tinta invisible,
esperaba una vez más
abrazarme entre sus brazos
y aunque el tiempo haya pasado,
siento la misma atmósfera de ayer,
y mis recuerdos de otra época
se mezclan
con el tardío final
de mi inefable presente.
El piano toca su melodía
y la luz de la ventana,
ésa que asoma
al mundo su mirada,
me permite observar tras el cristal
el diario caminar del ser humano.

Es el mismo escenario,
pero los protagonistas
han cambiado.
Señores ejecutivos
miran sus teléfonos móviles
y comparten su café
con amarga sonrisa
cargada de prisa,
que te hace sentir
que el mundo
que conocíamos
ha dejado de existir.

En este mismo lugar,
compartí tertulia y café
durante cincuenta años
con mis mejores amigos.
Éramos seis,
amigos desde la infancia,
corazones unidos
frente a una triste España.
Conversábamos sobre la vida,
y poníamos letras a la poesía
y  música a la vida.

Nuestros sueños se reflejaban
en el cristal de la vida
y el aroma de nuestro café
era sabor y  refugio
de  nuestro férreo compromiso
por construir un mundo mejor.
Fueron cincuenta años de amistad,
de compartir nuestro tiempo,
de darnos los mejores consejos
y ese abrazo de amigo solidario
que tu alma cansada necesita
cuando la soledad le visita.

Un día,
el paso del tiempo
comenzó a decirnos adiós
y un sillón quedó vacío,
al poco tiempo fueron dos,
y al año siguiente sólo quedamos tres.
El reloj de la vida,
comenzó a latir débilmente
y parecía querer despedirse
de cada uno de los amigos
que para siempre se marchaba.
Mientras tanto,
el mundo seguía cambiando
y viajaba hacia el futuro
a pasos agigantados.

Hoy tan sólo quedo yo,
a solas con mi bastón
y en íntima comunión
con mi profunda reflexión.
Cada semana
mi calendario tiene
una cita para mí reservada
en el Club de los
Amigos Muertos
y aunque sus sillas estén hoy vacías,
me siento feliz acompañado
por los recuerdos de mi pasado
y por los hermosos sueños
que juntos hemos creado.
Sé que mi final está cerca,
y no tengo miedo
a despedirme de tí
ni de todo lo que me rodea.

Lo que de verdad
me produce temor
es saber que la esperanza
ha abandonado
el corazón y el alma
de millones de personas,
que no ven hoy salida,
ni futuro,
ni horizonte cierto.

Antes de que el telón
se cierre y me marche
para siempre,
no quiero decirte adiós
sin antes recordarte
el sufrimiento de mi generación
que pasó por una terrible guerra,
muchos perdimos a nuestros padres,
arrancados fuimos de nuestra tierra
y azotados durante años por
la escasez y miseria.
Algunos días parecía
que no existiría el mañana,
pero nunca  nos rendimos
y superamos juntos aquella situación
porque teníamos convicción,
y nos refugiamos
con fuerza y fe
en el hogar de la esperanza,
y cada nuevo día
que nacía en nuestra alma
construíamos castillos de optimismo
habitados por nuestros sueños.

Tal vez tu cielo presagie hoy tormenta,
y las estrellas hayan desaparecido de tu vida
Tal vez hoy no puedas divisar el horizonte,
pero no pierdas nunca de vista la esperanza,
trabaja tu fortaleza interior,
y mantente unido a tus amigos.

La tormenta arreciará
y si tienes esperanza,
aunque la intensa lluvia
no te deje ver lo que
asoma hoy tras el cristal,
sabes que la luz
del arco iris
volverá a nacer en ti,
y si tienes fe así sucederá
porque nunca la oscuridad
de la noche duró para siempre
ni el invierno helado
se instaló eternamente
en el jardín de tu corazón,
La luz y el color
volverán a guiar tu vida
de la misma forma
que han iluminado la mía
hasta el final de sus días.

Sólo debes tener paciencia y fe
y confiar en ti mismo,
porque aquello en lo que crees
está a punto de suceder
y la luz volverá a brillar con fuerza
en el escenario de tu vida,
aquél que tú  mismo decidas recorrer
cada nuevo día que amanece en tu alma.