domingo, 8 de diciembre de 2013

UNA NAVIDAD SIN REGALOS

¿Te imaginas una Navidad sin regalos? Sería como dibujar una cara sin una sonrisa, pasear por una playa sin mar o ver a Papá Noel recorriendo el mundo sin su trineo. Siempre me ha gustado el alegre ir y venir de la gente en estas fechas previas a la Navidad, recorriendo incansablemente los centros comerciales iluminados de magia e ilusión a la caza del regalo perfecto o la carrera contra reloj la misma tarde de Reyes para ese imprevisto que siempre surge a última hora o ese regalo que tímidamente eliges para ti misma pensando en darte el capricho que te has negado durante tanto tiempo. Claro que todo esto sucedía antes de la crisis.

Ahora vas por la calle y ves multitud de tiendas medio vacías, otras que han echado el cierre para siempre y personas tristes paseando sin rumbo, a varios kilómetros de distancia de donde se encuentra la Navidad. Por eso la Navidad ya no brilla como antes. Te diré que para mí, uno de mis momentos preferidos era cuando envolvía los regalos. Cada Navidad elegía diferentes papeles de regalo con un diseño y color acorde a la personalidad del destinatario y cuando envolvía cada regalo, lo impregnaba de buenos deseos e imaginaba que la persona que lo recibía, no sólo descubría la magia de su regalo, si no también su felicidad y propósito en la vida.

Y qué decir de ese momento mágico cuando mis hijos se despertaban el 6 de enero y venían a nuestra habitación para que todos juntos fuéramos al salón a dar la bienvenida a los regalos. Entonces se producía una explosión de júbilo y una carrera para ser el primero en encontrar tu regalo y el salón se llenaba de envoltorios esparcidos en una cascada multicolor, en la que los juguetes conquistaban nuestra casa y el corazón de mis hijos. Pero Claudio y Carolina, mis hijos, dejaron la infancia atrás demasiado pronto, como suele suceder en estos tiempos y con 12 y 13 años vivían en un mundo virtual a millones de kilómetros de distancia de donde nos encontrábamos mi marido y yo, así que cada vez nos resultaba más difícil comunicarnos con ellos. La magia de la Navidad comenzó a desaparecer de mi vida, pero ¿como negarles el Smartphone, la Play Station, la cámara de fotos digital o el Ipad si sus amigos tienen todo aquello? y como no queríamos que se sintieran excluidos, accedíamos a todos sus deseos.

Las Navidades pasadas Claudio y Carolina cumplieron 14 y 15 años, yo cumplí mis cuartas navidades consecutivas en desempleo y mi marido su tercer año sin trabajo. ¿Te lo puedes creer? Nunca hubiéramos imaginado después de estar toda la vida con un puesto de trabajo estable que acabaríamos con lo puesto y con escasas posibilidades de volver al mercado laboral. Menos mal que tenemos al abuelo, con su pensión vivimos toda la familia, con estrecheces, pero siempre adelante. Así que desde hace unos años,  los regalos de Navidad forman parte de esos recuerdos bonitos que guardas en tu memoria pero que cada vez te resultan más lejanos. Las Navidades pasadas apenas nos quedaban ahorros, pero quería seguir con la tradición de los regalos para mis hijos y me sentía agobiada, pues ellos están acostumbrados a aparatos tecnológicos caros. A veces mi única vía de escape era nuestra pequeña buhardilla, donde me pasaba la tarde refugiada entre cajas de libros, ropa y  recuerdos de otra época. Entonces tuve una idea y no pude evitar sonreír. Ya sabía qué iba a regalar a Claudio y a Carolina.

Llegó la noche de Reyes y envolví cuidadosamente los regalos en un papel de seda muy bonito. Había un regalo para Claudio y otro para Carolina. Los deposité cuidadosamente en el salón y me fui a dormir. El día de Reyes mi marido, el abuelo y yo nos levantamos temprano y desayunamos juntos disfrutando del roscón de Reyes y de nuestra mutua compañía como único y mejor regalo y esperando expectantes a que Claudio y Carolina se despertasen.

Cuando los chicos llegaron al salón se sorprendieron al ver sólo dos regalos. Nada que ver con las Navidades de su infancia en las que tenían que abrirse paso para nadar entre los innumerables paquetes que inundaban el salón. Claudio rasgó el papel impaciente y Carolina se quedó sin habla al descubrir el contenido de su regalo. Eran sus juguetes favoritos de cuando eran pequeños: una muñeca de porcelana y un camión, que habían permanecido durante mucho tiempo guardados en la buhardilla.

La muñeca se la habíamos comprado a Carolina cuando era niña en un viaje a Venecia. Tenía un vestido precioso del carnaval veneciano bordado a mano y un sombrero de plumas y mi hija siempre la llevaba en sus brazos, como si fuera una prolongación de sí misma y cuando dormía, la muñeca compartía su almohada y sus sueños. Estuvo jugando con ella hasta los 11 ó 12 años. Un día la dejó olvidaba en un sillón y ya no volvió a acordarse de ella nunca más porque su atención fue absorbida por el mundo virtual en el que comenzaban a vivir inmersas todas sus amigas: facebook, twitter, tuenti, whatssap....era como si Carolina se hubiera convertido en la protagonista de un videojuego del que no podía escapar.

El camión de Claudio era de color amarillo y lo usaba, según él, para salvar el mundo, es decir para transportar sus muñecos y coches por toda la casa como si el universo estuviera regido por las leyes del camión salvador. Pues bien, un día su mejor amigo se compró una play station y Claudio abandonó el mando de camión y sus ideas de salvar el mundo para ponerse a los mandos de la videoconsola. Y así fue cómo, de un día para otro, mis hijos dejaron atrás la infancia y sus juguetes favoritos pasaron a formar parte del trastero y del olvido.

Pero cuando Carolina y Claudio volvieron a tener en sus manos la muñeca y el camión, sintieron una emoción indescriptible que no sentían desde que eran pequeños y recordaron lo importante que es jugar a cualquier edad para conservar la magia y capacidad de asombro de la infancia, que habían abandonado demasiado pronto para adentrarse en un falso mundo virtual donde todo parece estar al alcance de tu mano, cuando en realidad ni siquiera forma parte de tu vida y donde convertirte en trending topic es más importante que ser protagonista de tus propios sueños. A partir de aquel día de Reyes, mis hijos volvieron a respirar el aire del mundo real y se dieron cuenta que mi marido y yo lo estábamos pasando mal por nuestra situación de desempleo y desde entonces nos han apoyado en todo.

Hemos vuelto a nuestra alegre vida familiar, donde cualquier cosa que hacemos juntos como jugar al parchís, hacer excursiones por el campo o visitar el museo los domingos por la mañana, constituyen nuestro trending topic.  Mis hijos me dan las gracias todos los días, porque piensan que la muñeca y el camión han sido su mejor regalo, porque les han traído de vuelta a la vida auténtica que sólo conocen los niños cuando son pequeños y creen en la magia de los juguetes y de los Reyes Magos. Así que no perdamos nunca la ilusión, alegría e inocencia de jugar, sigamos siendo niños, con esa sonrisa mágica que ellos nos regalan cada día.

Y este año que termina Claudio y Carolina cumplen 15 y 16 años, yo celebro mis quintas navidades en el paro y mi marido va por su cuarto año. Reconozco que a veces es difícil sobrellevar esta situación, porque no sabes si volverás a tener una vida normal como la de antes, pero como digo siempre, hay que vivir en "modo presente", resolviendo lo que surge cada día y no permitir que tu mente te lleve de viaje al terreno de la incertidumbre pensando en el medio y largo plazo. Puede que estas navidades tampoco pueda comprarme ningún regalo, pero ¿qué regalo puedo querer cuando ya tengo el mejor? porque volvemos a ser una familia feliz y unida y seguimos teniendo buena salud, así que sólo puedo dar una vez más GRACIAS por todo lo que tengo.

Si alguna vez sientes que no eres feliz o que no te gusta tu vida, te recomiendo que mires a tu alrededor. Seguro que siempre encontrarás motivos por los que sentirte agradecido y si sonríes y te muestras agradecido con la vida, ella te devolverá su mejor sonrisa y tras las nubes más oscuras de tu horizonte volverás a ver brillar el sol en tu vida y tu mejor regalo será saber que ya no necesitas ninguno, porque tu mejor regalo eres tú mismo.