martes, 30 de julio de 2013

CUANDO YO ERA IMPORTANTE

Cuando yo era importante mi salón estaba repleto de gente y mi teléfono no paraba de sonar. Tenía multitud de compromisos e invitaciones que atender. Un Festival Publicitario en Cannes, Jurado en una Premiere en Berlin, una Sesión de Fotos o  La Semana de la Moda de París. Estaba exhausto, pero no podía parar. Y entre Rodaje y Rodaje, un nuevo Viaje.  Mi vida era un ir y venir de maletas. Un largo recorrido a través de  aeropuertos, de  hoteles, de salas de espera. Mi hogar se encontraba en cualquier parte del mundo y mis sueños a bordo de un crucero o de un avión.

Y mientras pasaban los días y las estaciones se sucedían, a veces, mi vida transcurría tan deprisa que me detenía a leer en los titulares de prensa los últimos acontecimientos sobre mi vida, mis últimas conquistas. Cuando era importante recibía miradas de admiración a mi paso y me paraban cada dos por tres para una foto o  un autógrafo. Cuando yo era importante podía elegir a mis compañeras de rodaje, al Director con el que quería trabajar y eliminar las escenas que no me gustaban de un guión original. Cuando yo era importante conseguía mesa en los mejores restaurantes, las colas dejaban de existir y no tenía que pagar para tener lo mejor, simplemente llegaba a mis manos sin tan siquiera apretar un botón.

Y ahora, en este preciso instante, mientras estoy sentado en el banco de un parque miro al horizonte sin recordar casi quien fui pues he dejado de ser importante. Mi traje ha perdido lustre y mi sonrisa se ha ido apagando con el paso del tiempo. Ya nadie me llama por mi nombre, tan sólo me dicen abuelo. Mi teléfono ha parado de sonar y mis amigos ya no se cuentan por decenas. Solo mi sombra me recuerda a veces la gran estrella que un día fui, pero incluso esta luz se ha ido difuminando con el tiempo.

Sin embargo, ahora que ya no soy importante para nadie he comenzado a entender lo que es ser importante para uno mismo. Me organizo cada día a mi manera y mi mayor compromiso lo constituye una partida de ajedrez en la residencia. Ya no tengo que guardar las apariencias ni fingir que algo me importa cuando en realidad no es de mi incumbencia. Ahora mi mayor reconocimiento es el cariño de mis hijos o la sonrisa de mis nietos y aunque con mis ex mujeres no me entiendo, hemos alcanzado una relación cordial y de respeto. Antes no sabía ni en qué ciudad estaba cuando me levantaba, ahora cada día puedo observar el amanecer y dar gracias por lo que tengo. Ahora que ya no soy importante no tengo miedo a mirarme al espejo ni necesito hacer un pacto diario con el diablo.

Y después de pasar una vida entera intentando ser importante es hoy cuando realmente feliz me siento porque me he dado cuenta que la verdadera importancia de cada persona reside en su interior y cuanto menos te importen las apariencias y lo que los demás piensan, más crecerá tu importancia contigo mismo. Por fin soy quien quiero ser y no quien los demás querían que fuera. Mi estrella vuelve a brillar y esta vez nada la conseguirá apagar, ni tan siquiera el paso del tiempo.